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Esplendor sudaca II
(Memorias del subsuelo porteño)

RECLUSIÓN
Por Pablo Ramos

No puedo salir. ¿Qué voy a escribir sobre la calle o sobre la gente si no puedo salir? Tocan el timbre y no atiendo. Llaman por teléfono y no atiendo. Duermo hasta que no tengo ni una gota de sueño. Entonces trato de dormir más. Insisto. Hago un esfuerzo enorme por dormir un poco más. A veces lo logro y entro en una especie de hipnosis onírica. Sueño tras sueño tejo la trama de una vida paralela. Mi vida paralela.
Compré unas cortinas especiales que no dejan pasar ni un rayo de sol. Odio el sol cuando estoy así, y es como si el sol me odiara a mí también, porque me hace daño. Tengo una discapacidad visual nada particular por lo que me voy enterando pero que ayuda a todo esto. Mis ojos son incapaces de cerrar las pupilas más allá de cierto punto, entonces la luz intensa me destruye. Me da directamente en el cerebro y no precisamente para iluminarlo. Tengo dolores de cabeza en las mañanas que podrían confundir a un elefante macho en celo, que lo harían preferir un baño en lodo de aspirinas antes que a una hembra supercaliente.
Acabo de soñar algo revelador. El dolor de cabeza que bien podría ser definido como de cabezas, ya que parece que tengo 9 o 10, no me deja pensar en nada más

…puta madre…
¿?

(Se me fue el hilo)

*-* ñññññññññññ

r con r guitarra.

(Escribo esto contra reloj y no vuelve el hilo. Se lo prometí a Ricardo. Pierdo el hilo con facilidad)

(Recién logré levantarme).

(Son las 14:52 y quiero entregarle esto a más tardar a las 17).

Mierda.

Ah, la luz del sol. Ah, la vida paralela.

Teerrrrrmino de soñar y busco debajo de mi almohada la libretita en la que anoto los sueños. Pero cuando voy a anotar el sueño se hace tan claro que no hay razón alguna parea anotarlo (los anoto para mi psicóloga que además hace un mes y medio que no veo).
En el sueño camino por una especie de feria de San Telmo, pero más latinoamericana. Algo parecido a la feria de bolivianos que hay en la ciudad de Santiago del Estero. La feria ocupa uno y otro lado de una calle peatonal, inundada de gente, con los toldos que llegan de vereda a vereda. Es un  lugar fresco porque afuera el calor es insoportable. Pero lo extraño que es una feria de judíos ortodoxos que rezan cantos en español, una especie de judiospiritual horribles, desentonados. Con sus trajes negros, sus trenzas, sus candelabros de siete luces. Yo busco una iglesia católica en particular. Las sinagogas de estos judíos no son tan ortodoxas, si no que son carpas donde además de rezar se venden telas, panchuques (que son salchichas de viena empanadas en harina de maíz, y que también son de Santiago). Yo camino y como un panchuque. Llevo otros dos en la mano  izquierda (aunque son muy nocivos para la salud, y pasan factura en el acto, uno no puede parar de comerlos). Tomo una gaseosa rara que le compré a uno de los judíos. Me detengo a preguntar por la iglesia de Santa Rita y un puestero deja de rezar y me dice que para responderme le tengo que comprar algo. Me dice también que no me enoje, que es tradición, que puede ser algo económico. Pienso en un nuevo panchuque, valen 50 centavos, pero creo que con cuatro una persona puede morir y en el sueño soy un ser poco autodestructivo (es un sueño). Me compro un gallo para sacrificarlo en nombre de Santa Rita y el hombre con terror en los ojos me señala hacia un callejón. Esa es la zona de las iglesias católicas, me dice.
Camino por un callejón donde se suceden templos, conventos, iglesias, basílicas. Todos los estilos arquitectónicos imaginables, algunos que creo ni siquiera existen. Catedrales de vidrio, de arena seca, de cemento rojo, de enredaderas y ligustrinas como si hubieran sido hechas por el joven manos de tijeras. No hay señales de vida en este lugar. El viento raya las paredes, erosiona a la vista las construcciones y las rayas se cubren de nuevo material en pocos segundos. Es como si el tiempo estuviera acelerado en el túnel. El callejón es angosto y las edificaciones tan altas que no hay perspectiva posible para mirar los picos de las cúpulas que parecen tocarse los de un lado con los del otro allá en lo alto, en lo casi infinito de un cielo gris, maligno.
Al final del pasillo se ve una iglesia enorme iluminada de azul. La iglesia es azul. No es de cemento, no es de arena ni de plantas. No es de vidrio. No podría definir el material pero puedo decir que el material es orgánico: está vivo. La iglesia late. Su forma es neogótica pero sus paredes son flexibles y laten y si alguna palabra se me viene a la mente para definirla esa palabra es útero. La iglesia de Santa Rita es un útero vivo enorme. Yo me había olvidado del gallo. El gallo cuelga de mi mano, se comió mis panchuques y siguió comiendo mi mano. Me faltan dedos y partes de dedos y partes de la mano. Mi mano sangra, el reguero es el camino de vuelta que debo seguir. En la entrada al útero se lee: Santa Rita, algo te da algo te quita. Arrojo el gallo contra el útero que se lo traga y me despierto ahí. Temblando, y con este tremendo dolor en la cabeza.
El sueño que podría ser aterrador es para mí un bálsamo, quiero volver al sueño pero no logro dormirme. Más de una vez logro volver al sueño, sobre todo cuando el sueño es erótico o de terror. Me pasa que en medio de un polvo descomunal siento (en el sueño) ganas de ir al baño. Me despierto, voy al baño, vuelvo, me acuesto y engancho otra vez. En alguna que otra ocasión tengo que preguntarle a la señorita en cuestión ¿en qué estábamos? Y ella me ayuda a recordar.
Por eso no me hago problema si no puedo salir, no salgo y listo. La gente toca timbre, llama por teléfono, hasta golpean a la puerta. Me cortaron el cable, la Internet y creo que el sistema de alarma. Luz y gas todavía tengo porque se la descuentan de la tarjeta a Pablo, un amigo mío que sabe que no puedo vivir sin Nescafé, sin gas y sin luz. En ese orden.

Ah, mis amigos, mis dos hijos, mi amor que siempre se preocupa tanto. ¿Puedo aprovechar este espacio para decirles algo? Gracias Oliverio.
A Pablo, José Luis, Alfonso, Ariel, Azucena, Samantha, Hernán, a mi hermano Juan, a Nuncio a Julio y Amaray; a vos también Ricardo. No se asusten si no aparezco, estoy durmiendo, estoy en un lugar y después en otro. No sé que forma toma mi cuerpo cuando duermo. Por las dudas me compré en Sprayet un frasco de Baba de Caracol. Me embadurno y me lanzo al sueño. Estoy tratando de encontrar la manera de tejer un puente entre ellos, de hacer despertar a mi cuerpo para que actúe para todos ustedes, para que ustedes que sé que me quieren y quieren lo mejor para mí no se sientan tristes porque ya no estoy. Porque voy a estar de sueño en sueño, de pesadilla en pesadilla (me encantan las pesadillas) Cualquier cosa los que tienen llaves, creo que Hernán, José Luis y algún otro, se las prestan a los que no las tienen y me viene a ver. Eso sí, no hagan ruido, por favor, no quiero despertarme. La vida es la única pesadilla que quiero evitar.