De la monstruosidad
El hambre negra
Por Luciano Saracino
¿Qué es lo que da más miedo, que los monstruos existan o que no? ¿Y si los monstruos no existieran quiénes serían los monstruos? ¿Quién, de todos nosotros, se hará cargo del hambre negra que vaga por los campos vacíos?
Hombre Lobo, ten piedad de nosotros.Inicio I
Hagan el intento. Pregunten a cualquier niño sobre los monstruos más conocidos del mundo y verán cómo el Hombre Lobo aparece tercero o cuarto, peleando el puesto con la Momia y apenitas después que Drácula y Frankenstein.
Es sabido que monstruo es también, y por sobre todas las cosas, aquello que un niño nombra como monstruo.
Inicio II
Sería la hora de la siesta, ya que generalmente este tipo de cosas suceden a la hora de la siesta. Yo era un nene pelirrojo pero sin anteojos. Un vecino mayor (de esos que tan propensos son a iniciarnos en el rock, los cigarrillos y las fotos de mujeres desnudas) me estaba mostrando unos periódicos. En uno, la portada decía: “Se suicidó el Hombre Lobo” (probablemente el titular haya tenido también signos de admiración, pero no podría asegurarlo). La foto que acompañaba aquello era la del Hombre Lobo vestido con un traje. El vecino mayor, entonces, me explicó que la noticia decía que, luego de casarse, una noche de luna llena el Hombre Lobo había matado a su flamante esposa. Y que a la mañana siguiente, presa de la culpa más atroz, se había suicidado.
“Para mí que es mentira”, añadió el vecino mayor al finalizar el relato. Al decirlo, abrió la puerta a que existiera la posibilidad, aunque sea ínfima, de que aquello fuera cierto1.Inicio III
“¿Que vas a escribir un ensayo sobre Hombres Lobo reales? ¡Pero por favor!, sos un hombre grande. ¡Hombres Lobo reales! No puede ser que sigas diciendo esas estupideces a esta altura de la vida”. La frase es de hoy a la tarde. Me la dijo un amigo. Yo lo miré. Serio. Y en mi mirada sólo pudo verse que no compartía sus risas. Ni la de todos los demás presentes en el lugar.
***
La imagen que la literatura y el cine nos dieron del Hombre Lobo es la de un ser que se come niños indefensos en lo profundo del bosque, de la oscuridad y de la noche. Una conjunción de imágenes y sensaciones que se tornan en simple melancolía en el momento en que crecemos (o sea, cuando el miedo suele ocultarse en el fondo de los ojos de la primer chica que nos dirá que no marcando indefectiblemente el camino de las desilusiones y la adultez).
Lo que sigue es un estudio sobre la melancolía que se esconde en los miedos de un niño. Un bosque. Un cuerpo humano que muta en otra cosa. Y la oscuridad. Siempre la oscuridad, del lado de los otros.
Durante siglos y en todo el mundo la figura del Hombre Lobo viene ocupando un lugar de lujo en el trono de los monstruos inmortales. Desde la China y el Japón, pasando por todos los países de Europa y Oceanía hasta nuestro lobizón, con sus primos los Hombres Leopardo de África, con la luna siempre de fiel compañera.
Lamentablemente el mundo actual nos ha vendido algunas certezas para que podamos poner la atención en cuestiones más útiles para él mismo. Una de ellas es la hipótesis falsa de que el Hombre Lobo pertenece al mundo de la fantasía; que no es de esta tierra.
Hay en eso un profundo error: la mayoría de los espantos son reales.
Me explayo. Las autoridades francesas de Dole emprendieron, promediándose el siglo XVI, la búsqueda de un asesino que llevaba varios niños en su haber y a los que devoraba luego de asesinar. El autor de dichos crímenes resultó ser Gilles Garnier, un eremita jorobado que vivía en St. Bonnet.
Garnier confesó algunos de los crímenes que se le inculpaban. Una de estas víctimas se trató de una niña de diez años a la que atacó vestido como un lobo, aunque en su acta procesal diga que lo hizo “en forma de lobo”, sin más. La mató con los dientes y las garras; la descuartizó y la comió. Tanto le gustó su carne que le llevó un poco a su esposa, de nombre Apolonia, para que la probara. A un niño, menos de un mes después, lo desmembró con sus propias manos para comérselo. En otra ocasión volvió a atacar pero no llegó a devorar a su víctima por la presencia de testigos que acudieron en ayuda del –ya cadáver– joven. Refiriéndose a esto, el documento reza: “Gilles Garnier había adoptado de nuevo la forma humana, mas de no habérselo impedido aquella llegada inopinada de gente, se habría comido la carne de su víctima... ¡a pesar de ser viernes, día de abstinencia!”. Como sea, nunca nadie vio a Gilles en forma de lobo, sino que siempre que llegaba alguien al lugar del hecho él ya había vuelto a humanizar sus facciones lo máximo posible.
Ante la evidencia, y luego de haber declarado él mismo lo sucedido, Garnier fue quemado vivo en 1573 o 1574.
Aquellos años eran años en los que los bosques no eran lugares fáciles de atravesar. Algunos dicen que manadas de lobos lo gobernaban todo, aunque los pastores nunca nombraran al mal con aquel epíteto. “El Hambre Negra”, le decían a aquello que acechaba y se comía a los carneros y los niños. Aquel nombre, claro, es mucho más impreciso y explicativo.
Debido al Hambre Negra la cultura popular creaba historias para alejar a los inocentes (sobre todo a las niñas) de los lugares inapropiados. Así nacieron algunas joyas como Caperucita Roja y otras que la memoria oral no pudo mantener vivas. Algunos expertos opinan que aquellas historias debían su existencia a que los bosques estaban repletos de soldados sin trabajo que entre guerras se dedicaban a robar, matar y violar bajo el refugio del bosque, y que por ese motivo se asustaba a los niños con historias como la de Caperucita. Los expertos, como siempre, mienten: en Caperucita Roja hay un lobo que habla y que está parado en dos patas y que usa pantalones y que se termina comiendo a su abuela y a la niña. Estas historias, por lo tanto, no trataban de prevenir a las niñas de los soldados o demás rufianes del bosque. Las prevenían, simplemente, de los Hombres Lobo que andaban por ahí. Por Francia y por todos lados.
Conocido también es el caso de un tal Jacques Roulet, pordiosero errante que en la ciudad de Angers fue descubierto junto al cuerpo descuartizado de un joven. Como el criminal era un pobre imbécil que no sabía hablar ni expresarse más que por gruñidos bestiales, el veredicto del juicio que se le hizo en el año 1598 dictaminó que el hombre sufría de licantropía, por lo que lo encerraron en un manicomio por algunos años, como estaba previsto en los códigos penales ante este tipo de casos.
Similar fue el caso de Jean Grenier, joven pastor de catorce años que confesó haber cometido en la zona de Burdeos una serie de crímenes que no eran otra cosa que cincuenta niños a los que se habría comido. Dijo que esperaba a la noche para convertirse en lobo, y que una vez que esto sucedía salía a cazar para comer. En su declaración, alegó también que teniendo diez años se le presentó el Maitre de la Forest, quien le dio un ungüento y una piel de lobo y que a partir de ese momento podía transformarse en aquel animal todas las veces que lo deseaba. El juez De Lancre concluyó el juicio de la siguiente manera: “El tribunal tiene en cuenta la tierna edad y la imbecilidad de este muchacho, que es tan estúpido e idiota que niños de siete u ocho años demuestran tener más inteligencia; que ha recibido mala alimentación en todos los aspectos y que es tan enano que no llega a medir lo que un niño de diez años. Un rapaz abandonado y rechazado por su padre, que tiene una cruel madrastra en vez de una verdadera madre, que vagabundea por los campos sin nadie que lo aconseje y se interese por su persona, pidiendo limosna para comer; que jamás ha tenido una formación religiosa; cuya verdadera vida se ha visto corrompida por dictados, necesidad y desesperación diabólicos y a quien el demonio ha convertido en su presa”. Mandaron al muchacho a un monasterio en donde murió en 1610.
Hombres Lobo. Estamos hablando de Hombres Lobo.
Otro caso recurrente en las enciclopedias sobre licantropía es el de Peter Stubb (o Stubbe, o Stump, según las traducciones), que fue juzgado en Colonia (Alemania) en el año 1589 por una serie de crímenes (trece jovencitas, dos mujeres encintas y un hombre –asesinados– y una gran cantidad de violaciones) que dijo cometer con la ayuda de un amuleto (o faja) que lo hacía convertirse en lobo. El amuleto no fue encontrado en el lugar donde confesó haberlo dejado, por lo que las autoridades dictaminaron sin dilación que había sido devuelto a su anterior dueño: el diablo.
Condenaron a Stubb a tener “su cuerpo atado a la rueda y con tenazas al rojo aplicadas a diez puntos diferentes hasta hacerle caer la carne de los huesos; después de esto romper sus brazos y piernas con un hacha de madera o una segur; seguidamente, cortarle el cuello en redondo y, luego, reducir su esqueleto a cenizas”. Así se hizo casi en su totalidad ya que en vez de incinerarlo colgaron el cuerpo de un poste con una cabeza de lobo en lugar de su cabeza original. A su alrededor, se colocaron dieciséis estacas de madera que representaban a sus víctimas mortales.
También corrieron la misma suerte que Peter su hija (con la que presuntamente mantenía relaciones incestuosas y con la que habría engendrado un hijo) y su concubina, ya que al parecer si hay que hacer las cosas, hay que hacerlas completas.
Hace rato que no se escuchan este tipo de historias, es verdad, pero alguna vez fueron ciertas.
De pequeño, hasta llegué a leer alguna en la portada de un periódico.
Final I
Eventualmente, Jack Palance nos mostraba en “Rypley: Aunque Ud. No lo Crea” a alguna familia de hombres lobos y se hacía relación a unos nobles y sus hijos que tenían el rostro cubierto de pelambre y de la que todavía se pueden observar los cuadros en revistitas de divulgación. Sé que son todas mentiras. Que no se tratan del Hombre Lobo ni de nada semejante. Son, como mucho, personas con mucha barba, dignas de algún número en el circo de Freaks, pero no de llamarse el Hombre Lobo.
El Hombre Lobo ha muerto. Yo lo sé.
Y se mató por amor.Final II
Cierta vez le pregunté a un cura que me produjo confianza acerca de porqué en la antigüedad sucedían tantos milagros y ahora no. “Lo que sucede es que ya no hay fe, hijo” me respondió, alcanzándome la frase como toda respuesta.
Final III
A veces me pregunto por qué desaparecieron los Hombres Lobo. Por qué los asesinos seriales, o los psicópatas, o los monstruos del mundo actual ya no son Hombres Lobo. Por qué los bosques no protegen más a estas figuras como en siglos pasados.
La voz de aquel cura se me hizo presente dándome la respuesta: “Lo que sucede es que ya no hay bosques, hijo”. Eso debe ser.
Y algo referido a la pérdida de la niñez y a la incapacidad de hoy de ponerle nombres a los monstruos.
1. Los periódicos a los que me refiero no son otros que los “Semanario Insólito”; glorias del amarillismo mundial. A pesar de ser actualmente un coleccionista de la publicación, no he vuelto a conseguir la tapa citada.